El frío de la madrugada del 4 de enero no fue nada comparado con el hielo que sintieron los vecinos de Canayre al enterarse de la noticia. En un cuartito alquilado, donde debería haber libros y planes para el Programa Juntos, solo había muerte. El cuerpo de don Rigoberto Tacas Quispe, un profesor de 47 años, huancasanquino de pura cepa, fue hallado en estado de descomposición, manchando el piso con una sangre que hoy clama justicia.

No lo mató una enfermedad, lo mató la violencia que camina como Pedro por su casa en nuestro Ayacucho. Un balazo en la cabeza y signos de haber sido masacrado. Así terminó un hombre que dedicó su vida a educar y ayudar a los más pobres.

¡Ayayay, mi Ayacucho! Lo que le ha pasado al profesor Rigoberto no es un caso más de la página roja, es el grito de una región que se está desangrando. Rigoberto no era un delincuente y no andaba en malos pasos. Era un gestor social, un dirigente de sus paisanos de Tiopampa en Huamanga.

Si a un maestro, a un hombre de bien, lo pueden liquidar dentro de su propia habitación en pleno VRAEM, ¿quién de nosotros está seguro? 

La verdad duele. Nuestras autoridades se han vuelto expertas en «levantar cadáveres» y «abrir investigaciones», pero son ciegas y mudas ante las mafias que controlan el valle. Mientras los políticos en Lima y en la región se pelean por sus intereses, en Huanta y La Mar el sicariato se ha vuelto el pan de cada día.

Este ciclo de violencia no es una maldición de los cerros, es el resultado de elegir a gente tibia, a autoridades que le tienen miedo al crimen o, peor, que conviven con él. ¡Ya no se puede vivir tranquilos, carajo!

Este 2026 no es una elección más, es una cuestión de supervivencia. Los ayacuchanos estamos hartos de llorar a nuestros muertos mientras los mismos de siempre nos prometen una paz que nunca llega. Para que el sacrificio del profesor Rigoberto no sea en vano, tenemos que limpiar la casa.

Necesitamos un cambio de ciclo en las presidenciales de abril y en las regionales de octubre. Mi voto y el tuyo tienen que ser para gente nueva, con determinación y sin miedo a las mafias.

Elijo candidatos que no se queden en el discurso, sino que pongan mano dura de verdad para que podamos caminar por Canayre, por Huamanga o por Lucanamarca sin estar mirando por encima del hombro. ¡Por la memoria de Rigoberto y por el futuro de nuestros hijos, Ayacucho se respeta!

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