EL FUTURO DE AYACUCHO SE AHOGA

Las lluvias en Ayacucho han pasado de ser una emergencia natural, para convertirse en el vergonzoso recordatorio del olvido de nuestras autoridades. Hoy, más de la mitad de los colegios de la región están en peligro inminente. Techos que colapsan, aulas inundadas y miles de niños que iniciarán clases en locales que son verdaderas trampas mortales.

El caso del colegio 9 de Diciembre, en pleno Centro Histórico de Huamanga, es la cara de esta tragedia. Una estructura con 120 años de antigüedad que ha colapsado, destruyendo la cocina y la biblioteca. Si esto pasa en la ciudad, ¿se imaginan cómo están las escuelas en las zonas más alejadas?

La emergencia no es solo por el clima, es por la incapacidad política. Las cifras oficiales en Ayacucho son escalofriantes. De las 2,864 instituciones educativas en la región, 1,820 requieren sustitución total. Es decir, el 63% de nuestros colegios ya no sirven y deben ser construidos de cero.

Un total de 1,727 locales escolares no tienen saneamiento físico legal. ¿Qué significa esto? Que mientras las autoridades no muevan un dedo para sanear los terrenos, el Ejecutivo no puede invertir ni un sol en mejorarlos. Una traba burocrática que condena a los niños al peligro.

Apenas 1,044 colegios cuentan con infraestructura apropiada, el 36%. El resto es un «sálvese quien pueda» donde directores y padres de familia rezan para que no haya heridos.

El próximo gobierno y las autoridades que asuman el liderazgo deben entender que la educación no es solo un discurso, es un trinomio: infraestructura, equipamiento y recursos humanos. Se necesitan políticas públicas para sanear los terrenos de los 1,727 colegios trabados y permitir la inversión inmediata.

Los padres de familia denuncian una falta total de voluntad del gobierno regional y el consejo regional. Menos reuniones y más acciones concretas antes de que ocurra una tragedia irreparable. Ayacucho necesita una inyección de emergencia para sustituir esos 1,820 colegios que ya cumplieron su ciclo de vida.

Es indignante que mientras el país gasta millones en campañas, los alimentos del programa Wasi Mikuna se tengan que preparar en cocinas que se desploman. La educación de nuestros futuros ciudadanos está siendo pisoteada por la indiferencia.

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